Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

de exprimir. Solo mantén a la suegra aplastada y confundida. Un par de meses más.”

Le tomé foto.

Luego otro.

Y otro.

Había mensajes donde Patricia decía que yo era “una anciana manejable”, que Marcos “nunca había sabido leer papeles”, que ella esperaba quedarse con “una tajada grande” antes de huir. También hablaban de vender discretamente ciertos bienes, de forzar acuerdos, de evaluar si podían argumentar incapacidad mental en mi caso si yo resultaba “más terca de lo previsto”.

No solo me quería humillar. Me estaba cazando.

Esa noche llamé