Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

otra vez a Fernando. Y después hice algo que jamás imaginé hacer a mis sesenta años: contraté por recomendación suya a una investigadora privada. Una mujer de Monterrey llamada Celia Ruiz, seca, brillante y tremendamente eficaz.

—Las mujeres como tu nuera siempre dejan migas —me dijo—. Nomás hay que seguirlas.

En dos semanas Celia me entregó un expediente que habría hecho vomitar a cualquiera con estómago débil. David Carrera no era un simple corredor inmobiliario. Tenía deudas de juego, una esposa en San Antonio, dos demandas civiles menores por prácticas