como si apenas me conociera.
—Mamá… ¿es cierto?
Lo miré. Vi al niño que fue. Vi al hombre débil en que se había convertido. Vi el remordimiento naciendo demasiado tarde.
—Sí —respondí—. Es cierto.
Patricia giró hacia mí, descompuesta.
—¡Nos engañaste! ¡Nos hiciste creer que eras una pobre viuda indefensa!
Me quité el delantal con una lentitud que la desarmó más que cualquier grito.
—No, Patricia. Tú decidiste creer lo que más te convenía. Tú mentiste sobre el testamento. Tú me sacaste de mi cuarto. Tú dijiste que debía ganarme