el derecho a respirar en mi propia casa.
Marcos se sentó en el borde del sillón, derrotado.
—Dios mío…
—Eso no es lo único —dije.
Saqué el teléfono y lo puse sobre la mesa. Abrí las fotos del hotel. Luego los correos. Luego los mensajes con David. La cara de Patricia dejó de ser humana por un instante; fue puro terror desnudo.
—¿Quieres decirle tú o le digo yo? —pregunté.
Marcos tomó el teléfono. Lo vi leer. Sus labios temblaron.
—David Carrera… ¿el agente de bienes raíces? —levantó la vista