Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

cuando pensaban que yo no valía nada.

Él cerró los ojos. Emma empezó a llorar en la escalera. Dylan se aferró al barandal. Patricia, acorralada, lanzó la última cuchillada:

—Ganaste, Lourdes. Pero perdiste a tu hijo.

No le contesté. Era demasiado pronto para saber si eso era cierto.

Marcos se puso de pie y señaló la puerta.

—Vete.

—Marcos…

—¡Vete de mi casa!

Patricia soltó una carcajada amarga.

—No es tuya. Ni siquiera eso supiste ver.

Tomó su bolso y salió dando un portazo. Por un segundo, el silencio fue