Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

hacia ella—. ¿Divorcio? ¿Una tajada? ¿Incapacidad mental de mi madre?

Patricia lloró. Pero no de culpa. Lloró de rabia por haber sido descubierta.

—¡Sí! —estalló al fin—. ¡Sí, estaba harta! ¡Harta de vivir con un hombre que no decide nada sin pensar en su madre! ¡Harta de fingir! ¡Y ella no es ninguna santa! ¡Nos dejó hacer todo esto sabiendo que tenía el poder de detenerlo!

Marcos volteó hacia mí, destrozado.

—¿Por qué no lo detuviste?

La pregunta me atravesó, pero no me tumbó.

—Porque necesitaba saber quiénes eran ustedes