de mi hijo.
Marcos caminaba como un hombre golpeado. Iba al trabajo, volvía, atendía a los niños, casi no comía. Quiso pedirme perdón varias veces, pero el perdón no es una frase. Es una reconstrucción. Y ninguna pared se levanta en un día.
Una noche, después de acostar a Emma y Dylan, se sentó frente a mí en la cocina donde tantas veces me había ignorado.
—Mamá —me dijo—, no sé cómo vivir con lo que te hice.
Yo tenía frente a mí una taza de té de canela. La