tomé entre las manos sin beber.
—Entonces no vivas igual —le respondí—. Cambia.
Lloró.
No a gritos. No dramáticamente. Lloró como lloran los hombres que se avergüenzan de sí mismos: en silencio, con los hombros vencidos. Me contó que durante meses quiso pensar que todo era temporal, que Patricia sabía manejar mejor “las tensiones”, que él estaba demasiado roto por la muerte de su padre para pelear. En otras palabras: eligió la cobardía porque la cobardía también cansa menos.
—Fallé como hijo —dijo.
—Fallaste como hombre por un tiempo —contesté—.