Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

de sus rostros.

—Aquí está mi oferta —dije—. Se largan ahora. Patricia firma un divorcio limpio. David desaparece de nuestras vidas. O esta carpeta va a la policía, a tu esposa, a la junta de licencias profesionales y a cada abogado que pueda disfrutar desarmando sus jueguitos.

David fue el primero en bajar la mirada.

Patricia no. Ella aún tuvo el descaro de odiarme.

—Siempre fuiste una víbora elegante —escupió.

Sonreí.

—No, Patricia. Solo fui una mujer educada. Tú confundiste la educación con estupidez.

Se fueron sin hacer ruido.

Dos