de pintura. Leí novelas pendientes. Aprendí a decir que no sin explicar demasiado. Hice voluntariado en un hospital atendiendo a turistas angloparlantes que necesitaban traducción. A veces cocinaba para los vecinos. A veces simplemente me sentaba en la terraza a recordar a Roberto con una nostalgia limpia, ya sin la suciedad de la humillación encima.
Marcos me llamaba cada domingo. Al principio, nuestras conversaciones eran torpes. Luego comenzaron a llenarse de verdad. Me contaba de los niños, de sus avances en terapia, del miedo que le daba volver a confiar