en alguien. Yo lo escuchaba sin resolverle la vida. Aprendí también a no convertirme en la mujer que administra el alma de su hijo adulto.
—Mamá —me dijo un día—, creo que apenas ahora estoy entendiendo lo que papá quería enseñarme.
—Más vale tarde que nunca, mijo.
Emma y Dylan vinieron a visitarme en primavera. Construimos castillos de arena. Les enseñé a distinguir caracoles vacíos de los que aún guardaban vida. Cocinamos juntos. Reímos. Hubo preguntas sobre su madre, por supuesto. Nunca la convertí en monstruo delante de ellos. Los