Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

nuevo.

Esta noche vienen Emma y Dylan otra vez. Vamos a cenar en la terraza. José encendió las luces del jardín y María dejó marinar pescado con achiote desde temprano. El mar está tranquilo. Mi pincel todavía tiene restos de azul sobre la mesa. Hay una novela abierta junto a mi taza de café. Y en el aire, a veces, cuando sopla el viento de cierta manera, me parece escuchar la risa de Roberto diciendo que al final todo cayó en su sitio.

Sonrío y levanto la vista al horizonte.