De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

una tabla suelta y, debajo, una caja oxidada envuelta en plástico.

Antes de que pudiera abrirla, unos faros iluminaron las ventanas.

El anciano me agarró desesperadamente del brazo.

—Escóndala. Si Héctor la encuentra, mucha gente sufrirá.

Metí la caja debajo de las macetas de mi carrito.

En ese instante, dos hombres entraron.

Uno tenía unos cuarenta años, vestía una chamarra de piel y llevaba zapatos caros.

—¿Quién demonios es usted? —me gritó.

—Encontré a este señor enfermo. Necesita una ambulancia.

El hombre miró al anciano con evidente fastidio.

—¡Tío Anselmo! ¿