una tabla suelta y, debajo, una caja oxidada envuelta en plástico.
Antes de que pudiera abrirla, unos faros iluminaron las ventanas.
El anciano me agarró desesperadamente del brazo.
—Escóndala. Si Héctor la encuentra, mucha gente sufrirá.
Metí la caja debajo de las macetas de mi carrito.
En ese instante, dos hombres entraron.
Uno tenía unos cuarenta años, vestía una chamarra de piel y llevaba zapatos caros.
—¿Quién demonios es usted? —me gritó.
—Encontré a este señor enfermo. Necesita una ambulancia.
El hombre miró al anciano con evidente fastidio.
—¡Tío Anselmo! ¿