PARTE 1
—¡No suba al segundo piso, don Ernesto! ¡Las tablas están podridas y puede caerse! —gritó Mariana cuando vio a su suegro acercarse a las escaleras.
Lo extraño no fue su advertencia, sino el terror que apareció en sus ojos cuando el anciano puso una mano sobre la puerta cerrada.
Don Ernesto Salazar tenía sesenta y nueve años y había trabajado más de treinta en una notaría de Guadalajara. Había aprendido a reconocer las mentiras, pero jamás imaginó que la más dolorosa estaría escondida dentro de la casa de