contable. Estoy recuperando mi carrera y tengo ingresos propios. Pero incluso si no trabajara, seguiría mereciendo respeto.
Sebastián me miró sorprendido.
—¿Volviste a trabajar?
—Sí. Mientras ustedes me llamaban inútil, yo estaba recordando quién era antes de permitir que me hicieran sentir pequeña.
Me levanté despacio.
—Y ahora quiero que recuerdes aquella frase que gritaste delante de tus amigos: “El que no trabaja, no come”.
Lo miré a los ojos.
—Pues yo también aprendí algo: quien no respeta una casa ajena no puede exigir quedarse en ella. Tienen quince días