mi patrimonio.
Pero esta vez no me quedé callada.
Hablé personalmente con mis amigas. Les mostré los documentos pertinentes y les expliqué lo que había sucedido, sin convertir mi dolor en un espectáculo público.
Mi amiga Teresa, que se había alejado por las mentiras de Sebastián, me llamó llorando.
—Elena, perdóname. Debí preguntarte a ti antes de creerle a tu hijo.
—Me dolió que desconfiaras de mí.
—Lo sé. Me da mucha vergüenza.
—Entonces, si vuelves a escuchar algo sobre una persona mayor, no supongas que está incapacitada solamente porque