y un desembolso grande registrado como “apoyo médico a empleado”.
No existía tal empleado.
La paciente real era una adolescente de catorce años atropellada meses atrás. Al revisar fechas recordé que aquella noche Fernanda llegó a casa pálida, sin su camioneta, y Teresa dijo que había tenido “un pequeño choque”.
Los pagos de la empresa habían cubierto gastos médicos y honorarios legales para convencer a la familia de no denunciar de inmediato.
Lo peor estaba en la autorización electrónica.
Mi firma.
Habían utilizado el certificado digital que Rodrigo me pidió “