para facilitar trámites” y habían hecho parecer que yo aprobaba los pagos.
Comprendí por qué Teresa quería recuperar la empresa con tanta desesperación. Si el asunto reaparecía, yo podía quedar como responsable de movimientos que jamás autoricé.
Esa tarde Rodrigo me llamó.
Su voz ya no era arrogante.
—Daniela, tenemos que parar esto. Mi mamá perdió la cabeza. Yo también me equivoqué. Vendamos todo, paguemos deudas y empecemos lejos de ellos. Tú y yo.
Nos vimos en un parque. Llegó sin afeitar, con la camisa arrugada y los ojos cansados.