Salgado.
Fernanda se río. Teresa ni siquiera fingio incomodidad.
Sentí que algo se rompía dentro de mí. No fue el plato. Fue la última excusa con la que llevaba años justificando a mi marido.
Entonces un hombre de cabello completamente cano se acercó a mi mesa. Traje oscuro, espalda recta, mirada tranquila. Nunca lo había visto.
Me ofreció el brazo.
—Acompáñeme. En cinco minutos van a lamentar haberla sentado aquí.
Rodrigo quiso detenernos, pero dos empleados de seguridad se interpusieron. El desconocido me llevó al escenario y tomó el micrófono.
—