Antes de casarme, mi papá me pidió que protegiera mi dinero y mi departamento. Dos años después, mi esposo intentó transferir 10 millones de pesos a su hermano sin preguntarme. “¡Soy tu marido, tengo derecho!”, gritó al ver que el banco rechazaba la operación. Yo llamé tranquilamente a mi abogado. Esa misma noche descubrí que no solo querían quedarse con mis ahorros.

Cuando escuchó mi voz, supo que algo estaba mal.

—¿Qué pasó, hija?

Intenté explicárselo sin llorar, pero terminé quebrándome.

Le conté lo del dinero, la familia de Ricardo y el acuerdo que había querido obligarme a firmar.

Mi padre guardó silencio.

Finalmente dijo:

—No voy a preguntarte por qué confiaste en él. Amar no es un delito. Pero ahora necesitas protegerte.

Aquella noche dormí en casa de mis padres.

Mi mamá me abrazó durante varios minutos sin decir una sola palabra.

Al día siguiente fui directamente al despacho de Javier.