mejor remunerada y que el departamento donde vivíamos estuviera a mi nombre.
Cuando sus amigos admiraban nuestro estilo de vida, él prefería dejarles creer que todo era producto de sus éxitos profesionales.
Su madre alimentaba aquella inseguridad.
Le repetía que un hombre debía controlar el dinero de su casa.
Y Diego, acostumbrado a recibir favores de su hermano mayor, terminó convencido de que mi patrimonio estaba disponible para resolverle la vida.
—Cuando supe cuánto tenías invertido, pensé que ayudar a Diego sería fácil —confesó.
—¿Y por eso intentaste quitarme el