dinero?
Ricardo bajó la cabeza.
—Pensé que terminarías aceptando.
Aquella frase fue peor que cualquier insulto.
No había sido un error impulsivo.
Él había contado con que mi amor terminaría convirtiéndose en obediencia.
—¿Alguna vez te preguntaste qué necesitaba yo? —le dije—. ¿O solamente pensabas en lo que mi dinero podía hacer por ustedes?
No contestó.
Y su silencio respondió por él.
Poco después iniciamos el divorcio.
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El procedimiento no fue inmediato ni sencillo.
Tuvimos que revisar documentos, distinguir bienes individuales de gastos comunes y negociar cuestiones económicas pendientes.