Había adelgazado.
Parecía un hombre mucho mayor que aquel con quien me había casado.
—Nunca pensé que terminaríamos así —murmuró.
Tomé la pluma.
—Yo tampoco. Quería envejecer contigo.
Sus ojos se humedecieron.
—¿No queda ninguna oportunidad?
Lo miré durante unos segundos.
Recordé al hombre que me preparaba café cada mañana.
Al que me cubría con una cobija cuando me quedaba dormida viendo películas.
Al que prometió cuidarme en las buenas y en las malas.
Durante mucho tiempo me pregunté cuál de aquellos dos hombres era el verdadero Ricardo.
Hasta que