Antes de casarme, mi papá me pidió que protegiera mi dinero y mi departamento. Dos años después, mi esposo intentó transferir 10 millones de pesos a su hermano sin preguntarme. “¡Soy tu marido, tengo derecho!”, gritó al ver que el banco rechazaba la operación. Yo llamé tranquilamente a mi abogado. Esa misma noche descubrí que no solo querían quedarse con mis ahorros.

Había adelgazado.

Parecía un hombre mucho mayor que aquel con quien me había casado.

—Nunca pensé que terminaríamos así —murmuró.

Tomé la pluma.

—Yo tampoco. Quería envejecer contigo.

Sus ojos se humedecieron.

—¿No queda ninguna oportunidad?

Lo miré durante unos segundos.

Recordé al hombre que me preparaba café cada mañana.

Al que me cubría con una cobija cuando me quedaba dormida viendo películas.

Al que prometió cuidarme en las buenas y en las malas.

Durante mucho tiempo me pregunté cuál de aquellos dos hombres era el verdadero Ricardo.

Hasta que