lentamente.
—El amor no necesita que entregues las llaves de toda tu vida para demostrar que existe.
Aquellas palabras permanecieron conmigo.
Con el tiempo volví a disfrutar de mi casa.
Cambié los muebles de la sala, retomé mis clases de pintura y empecé a viajar con mis amigas.
En el trabajo asumí nuevos proyectos.
Mi vida dejó de girar alrededor de los problemas de Ricardo y su familia.
Un año después recibí un mensaje inesperado.
Era de Diego.
Advertisement
Me contó que la compra de aquella casa nunca se había