vaya bien. Cuida lo que construyas con tu propio esfuerzo».
No volvimos a hablar.
De doña Teresa supe muy poco.
Ricardo tampoco volvió a buscarme.
Hasta una tarde de lluvia.
Salía de una cafetería cuando lo vi en la acera de enfrente.
Estaba esperando un taxi, vestido con ropa sencilla y sosteniendo una mochila.
Nuestras miradas se encontraron.
Durante un instante pareció querer acercarse.
Yo permanecí inmóvil.
Ricardo levantó una mano tímidamente.
Le respondí con un pequeño movimiento de cabeza.
Nada más.
No hubo gritos, lágrimas ni discursos.
Cada uno