Después del divorcio, pasé varias semanas intentando acostumbrarme al silencio de mi departamento.
Había noches en que extrañaba escuchar sus llaves.
Otras veces preparaba dos tazas de café por costumbre.
Lloré más de lo que esperaba.
No lloraba porque quisiera regresar con él.
Lloraba por la mujer que fui cuando todavía creía que nuestra familia era un lugar seguro.
Mi padre nunca celebró haber tenido razón.
Una noche, mientras cenábamos, le pregunté:
—¿Cómo supiste que debía protegerme?
Dejó los cubiertos sobre la mesa.
—No sabía que Ricardo iba a traicionarte,