pudiera acercarse. Después estuvo enseñándome cosas en el móvil y comentando quién entraba y quién salía. No hizo nada malo. Pero yo no disfruté.
La semana siguiente volvió a decir que vendría. Entonces le dije que prefería ir sola. Se quedó serio. «¿Te molesta estar conmigo?». Intenté explicarle que no tenía nada que ver con eso.
Precisamente porque vivíamos juntos, comíamos juntos y hacíamos tantas cosas juntos, aquellas mañanas me gustaban porque no tenía que hablar, organizar ni adaptarme a nadie.
Salvador no lo entendió. «Puedes estar sola en casa».
A los 64 años empecé a ir sola a desayunar a una cafetería cerca de casa todos los sábados. Mi marido se reía de mi pequeña costumbre hasta que un día decidió acompañarme sin preguntarme. Me sorprendió descubrir que no quería que viniera.