No era lo mismo. En casa siempre había algo. Una lavadora, una llamada, una cama sin hacer, una puerta que limpiar. En la cafetería yo no era la mujer de Salvador, la madre de nadie ni la persona que tenía que aprovechar el tiempo. Solo estaba desayunando.
Durante unos días hubo una distancia absurda entre nosotros por una tostada. Salvador pensaba que mi necesidad de estar sola significaba que me cansaba de él. Yo me enfadaba porque sentía que incluso una hora semanal tenía que convertirse en actividad de pareja.
A los 64 años empecé a ir sola a desayunar a una cafetería cerca de casa todos los sábados. Mi marido se reía de mi pequeña costumbre hasta que un día decidió acompañarme sin preguntarme. Me sorprendió descubrir que no quería que viniera.