Una noche le pregunté si él quería que yo fuera a jugar al pádel con sus amigos cada sábado. Se rio. «No sabes jugar». «No importa. Voy, me siento al lado y te hablo mientras juegas». Entonces entendió un poco mejor. Me dijo que nunca había pensado en sus partidos como tiempo «sin mí». Simplemente eran algo suyo.
Ahí estaba exactamente la diferencia. Los hombres de su generación muchas veces han tenido espacios propios sin necesidad de explicarlos. El bar, el fútbol, una partida, el taller, los amigos. Yo había
A los 64 años empecé a ir sola a desayunar a una cafetería cerca de casa todos los sábados. Mi marido se reía de mi pequeña costumbre hasta que un día decidió acompañarme sin preguntarme. Me sorprendió descubrir que no quería que viniera.