“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

$2.400.000 pesos.

Lo deslizó hacia mí.

—Con esto puede comprar una casa pequeña, abrir un negocio, asegurar el futuro de su hija. Solo le pido que se aleje de Alejandro.

Miré el cheque.

Era más dinero del que podría ahorrar en muchos años.

Pensé en Camila.

En una habitación propia.

En una escuela mejor.

En no calcular cada kilo de tortillas antes de llegar a la caja.

Tomé el cheque.

Beatriz relajó los hombros.

Entonces lo rompí por la mitad.

Después otra vez.

Dejé los cuatro pedazos junto