a dibujar los zapatos para no olvidarlos.
A unos metros de nosotras, un hombre alto con abrigo gris se quedó inmóvil observándonos.
Yo tenía 29 años y trabajaba desde las 5:00 de la mañana en una panadería de la colonia Roma. Preparaba conchas, roles de canela, pan de elote y los pasteles que los clientes encargaban para cumpleaños que yo jamás podría pagar.
El padre de Camila nos había abandonado cuando ella tenía 2 años.
Un día dijo que necesitaba tiempo para pensar.
Se llevó una maleta.
Nunca volvió.