Desde entonces aprendí a no esperar rescates.
Camila y yo éramos suficientes.
Ella tenía 6 años, el cabello oscuro y unos ojos demasiado serios para su edad. Dibujaba vestidos en cualquier papel que encontraba: servilletas, recibos, empaques de pan, hojas usadas de sus cuadernos.
Cada diciembre teníamos una tradición.
Tomábamos el Metro hasta Polanco, caminábamos entre las luces navideñas y entrábamos a aquella enorme tienda solo para mirar el árbol.
No comprábamos nada.
Durante media hora fingíamos que aquel lugar lleno de mármol, perfumes y vitrinas también nos pertenecía.
Aquella