“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

Desde entonces aprendí a no esperar rescates.

Camila y yo éramos suficientes.

Ella tenía 6 años, el cabello oscuro y unos ojos demasiado serios para su edad. Dibujaba vestidos en cualquier papel que encontraba: servilletas, recibos, empaques de pan, hojas usadas de sus cuadernos.

Cada diciembre teníamos una tradición.

Tomábamos el Metro hasta Polanco, caminábamos entre las luces navideñas y entrábamos a aquella enorme tienda solo para mirar el árbol.

No comprábamos nada.

Durante media hora fingíamos que aquel lugar lleno de mármol, perfumes y vitrinas también nos pertenecía.

Aquella