Tomé el cheque.
Beatriz relajó los hombros.
Entonces lo rompí por la mitad.
Después otra vez.
Dejé los cuatro pedazos junto a su taza.
—Yo no entré en la vida de su hijo por dinero. Tampoco voy a salir de ella por dinero.
Me puse de pie.
—Gracias por el café.
Salí con la cabeza levantada.
Solo la bajé cuando llegué a la calle.
Porque había algo en lo que Beatriz tenía razón.
Su mundo no era el mío.
Aquella noche Alejandro apareció en la panadería con una rosa blanca.