“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

Tomé el cheque.

Beatriz relajó los hombros.

Entonces lo rompí por la mitad.

Después otra vez.

Dejé los cuatro pedazos junto a su taza.

—Yo no entré en la vida de su hijo por dinero. Tampoco voy a salir de ella por dinero.

Me puse de pie.

—Gracias por el café.

Salí con la cabeza levantada.

Solo la bajé cuando llegué a la calle.

Porque había algo en lo que Beatriz tenía razón.

Su mundo no era el mío.

Aquella noche Alejandro apareció en la panadería con una rosa blanca.