“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

a Lucía. Y amo a Camila. No vine a pedirte permiso.

Se marchó.

Esa misma noche, Camila bajó al departamento de doña Dolores con una caja, un pedazo de satén rojo y una idea.

Dos días después, en Nochebuena, apareció frente a mí con sus zapatos rojos puestos y un paquetito entre las manos.

—Voy a visitar a la mamá de Alejandro.

—¿Qué?

—Puedes venir conmigo o puedo ir sola.

—Camila…

—Mamá, tú dices que cuando alguien está triste a veces se porta mal.

Me mostró el paquete.

—Le hice