“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

algo para que ya no esté triste.

Y antes de que pudiera detenerla, mi hija abrió la puerta.

Parte 3

Nunca imaginé que terminaría pasando la Nochebuena frente a la casa de la mujer que había intentado pagarme para desaparecer.

Pero allí estaba.

Con mi abrigo viejo, mi hija de la mano y el corazón golpeándome el pecho.

La empleada que abrió la puerta nos miró sorprendida.

—¿La señora Ferrer las espera?

—No —respondí.

Iba a dar media vuelta.

Camila se adelantó.

—Necesito verla.

Beatriz escuchó nuestras voces desde el