algo para que ya no esté triste.
Y antes de que pudiera detenerla, mi hija abrió la puerta.
Parte 3
Nunca imaginé que terminaría pasando la Nochebuena frente a la casa de la mujer que había intentado pagarme para desaparecer.
Pero allí estaba.
Con mi abrigo viejo, mi hija de la mano y el corazón golpeándome el pecho.
La empleada que abrió la puerta nos miró sorprendida.
—¿La señora Ferrer las espera?
—No —respondí.
Iba a dar media vuelta.
Camila se adelantó.
—Necesito verla.
Beatriz escuchó nuestras voces desde el