primera colección de una joven diseñadora mexicana llamada Camila Ferrer Morales.
Vestidos de colores intensos.
Faldas amplias.
Pequeños botones con forma de estrella.
Y moños.
Muchos moños.
Pero en el centro de la vitrina no había ningún vestido.
Había una urna de cristal.
Dentro descansaban unos zapatos infantiles rojos, ya gastados por los años.
A su lado estaba aquel primer dibujo hecho en un recibo arrugado.
Debajo, una placa pequeña decía:
“Aquí empezó todo.”
Alejandro tomó mi mano.
Ya tenía canas.
Yo también.
—¿Estás llorando? —le pregunté.
—No.
—Alejandro.
—Es