la iluminación.
Me reí.
Al otro lado del cristal vi mi reflejo.
Por un instante ya no tenía casi 50 años.
Volví a ser aquella mujer cansada con un abrigo barato, contando mentalmente el dinero de la semana mientras su hija miraba algo que yo no podía darle.
Me acerqué a la vitrina.
Alejandro permaneció detrás de mí.
Exactamente donde había estado aquel primer día.
Apoyé los dedos sobre el vidrio y recordé mi propia voz.
“Hoy no, corazón.”
Sonreí.
—Hoy sí, mi niña —susurré.
Y entendí que el verdadero