manos; otras observaban en silencio, esperando descubrir si la recién llegada tendría el valor de responder.
Vanessa llevaba ocho años en aquella prisión y se había ganado una reputación que nadie quería desafiar. Era fuerte, intimidante y sabía exactamente cómo encontrar las debilidades de las demás. Las nuevas reclusas aprendían rápidamente una regla: si Vanessa te elegía como objetivo, debías obedecer o prepararte para sufrir las consecuencias.
Pero Emma no parecía comprender aquella regla.
La joven miró el charco, después el cubo vacío y finalmente a Vanessa.
No gritó.
No