fuerte.
Nada.
Eran casi las 11. Su esposo no abrió. Su hijo tampoco. Y eso fue lo primero que le apretó el pecho, aunque todavía no quiso llamarlo miedo.
Buscó la llave dentro del bolso. Tocó monedas, recibos doblados, una goma del pelo, el borde frío del llavero. Cuando por fin metió la llave en la cerradura, la puerta cedió con esa resistencia breve y familiar que, por un segundo, todavía se sintió como casa.
Lo primero que la golpeó fue el orden.
No un orden cálido. No el orden
Hoy, cerca de las 11 de la mañana, Clara regresó a casa después de un viaje de trabajo de 4 meses.