utilizar el terreno.
Al final estaba mi nombre.
Y una firma que pretendía ser la mía.
—Samuel, ¿tú firmaste esto? —preguntó Iván.
—Jamás.
Valeria palideció.
—Entonces papá falsificó tu firma.
Le dije que aquello debía revisarlo una abogada y que no iba a permitir que siguieran construyendo.
Fue entonces cuando sonó mi celular.
En la pantalla apareció un número desconocido.
Contesté.
—Soy tu padre —escuché.
Dieciocho años de silencio terminaron con una amenaza.
—Me dijeron que andas metiendo tus narices en mis asuntos. Si perjudicas la boda de Valeria, te