cuadernos, mi ropa y las últimas fotografías que conservaba de la mujer que más me había querido.
Después subió a la camioneta.
Mi tío Joaquín iba sentado del lado del copiloto. Lo miré suplicando ayuda, pero bajó la cabeza.
—¡Papá, no me dejes aquí!
Corrí detrás del vehículo hasta que me faltó el aire. Tenía las rodillas raspadas, la garganta seca y un miedo que todavía puedo recordar dieciocho años después.
Me llamo Samuel Ortega. Hoy tengo treinta y un años y soy dueño de un taller de muebles y