el muchacho que limpiaba, hacía mandados y comía lo que sobraba.
—Deberías agradecer que te dejamos vivir aquí —me repetía Mónica—. Hay niños que ni techo tienen.
Mi padre nunca la contradecía.
El día que cumplí trece años me dijo que íbamos a comprarme unos tenis nuevos.
En lugar de eso, me abandonó junto a una carretera.
Caminé hasta una gasolinera, donde un empleado me prestó su teléfono. Llamé a mi tía Inés, hermana de mi mamá.
Llegó cuando ya era de noche.
Al verme, se arrodilló frente a mí