y me abrazó tan fuerte que terminé llorando como nunca.
—Mi niño, ya no vas a regresar a esa casa. Te vienes conmigo.
Mi tía era maestra jubilada. No tenía mucho dinero, pero me dio una cama limpia, comida caliente y un hogar donde nadie me gritaba.
Con asesoría legal y la intervención de las autoridades de protección infantil, consiguió hacerse cargo de mí.
Estudié, aprendí carpintería y, con los años, levanté mi propio negocio.
Nunca volví a buscar a Ernesto.
Hasta que una mañana, dieciocho años después, apareció una