Claudia tenía el cabello recogido y una sonrisa enorme.
Yo estaba sentado sobre sus piernas, sosteniendo un pequeño carrito de madera.
Recordé que había sido ella quien me enseñó a querer los objetos construidos con nuestras propias manos.
Quizá por eso terminé dedicándome a la carpintería.
—¿Sabes qué es lo que más me duele, tía? —pregunté.
—Dime, hijo.
—Que durante muchos años pensé que yo había hecho algo malo. Que si hubiera sido más obediente, más inteligente o mejor hijo, tal vez mi papá me habría querido.
Inés me tomó