pudiera moverme, varios agentes que vigilaban el lugar se acercaron y se identificaron.
La intervención fue rápida.
Los dos hombres quedaron bajo custodia, conforme a las órdenes y actuaciones judiciales preparadas en la investigación.
Arturo levantó la cabeza y me vio observándolo desde la entrada.
Durante unos segundos nuestras miradas se encontraron.
Ya no tenía aquella expresión tranquila con la que me pedía confiar en él.
Parecía un hombre que acababa de comprender que sus mentiras habían llegado al final.
—¡Lucía! —gritó—. ¡Explícales que soy tu esposo!
No pude moverme.