siguiente, cuando salí de casa, descubrí a un desconocido sentado frente a nuestro edificio.
Tenía la nariz torcida, una cicatriz en la mejilla y un tatuaje descolorido en la muñeca.
Me observó hasta que doblé la esquina.
Por la tarde, cuando regresé, apareció detrás de las escaleras.
—Tú eres la esposa de Esteban, ¿verdad?
No respondí.
Él sonrió.
—Dile que Bruno ya salió y que quiero mi parte de los veintiocho millones. Tiene siete días.
Intenté apartarme, pero sus siguientes palabras me paralizaron.
—Por cierto, tu hija Natalia sigue viviendo