¡Su señoría, detenga la audiencia! ¡Ese hombre es inocente!
La voz de una mujer resonó en toda la sala.
Don Chema levantó la cabeza.
Sus ojos cansados se abrieron de par en par.
Tres mujeres avanzaban por el pasillo central.
La primera vestía un traje negro y llevaba un maletín de cuero.
La segunda sostenía una carpeta médica.
La tercera cargaba una computadora y varios documentos.
Eran sus hijas.
Sofía, Valeria y Lucía.
Las tres niñas que habían criado con tortillas, frijoles y un salario miserable.
— ¿Mis muchachitas? —susurró el