hacia un hotel de categoría baja en las afueras de la ciudad.
A través de las redes sociales de Karla, pude ver las primeras publicaciones de su viaje soñado convertidas en amargas quejas sobre la falta de aire acondicionado y el servicio deficiente. La joven compartía mensajes indirectos acusando a “gente egoísta” de arruinar las vacaciones de una familia trabajadora, sin admitir jamás que dependían del dinero ajeno para costearse sus lujos. Sonreí en la oscuridad de la noche caribeña, sabiendo que la lección apenas estaba comenzando para todos ellos.
El precio del desprecio