una profunda paz reemplazaba por completo la amargura de la traición sufrida días atrás. Doña Carmen tendría que aprender a la fuerza que la independencia y la dignidad de una mujer no se compran con manipulaciones baratas ni falsas promesas de afecto familiar. Yo continuaría mi viaje disfrutando de la libertad que siempre me perteneció, mientras Diego y su familia regresaban a la capital para enfrentar la realidad de sus propias decisiones.
El precio del desprecio