indicando que su número había sido bloqueado permanentemente de mis líneas.
En ese preciso instante, la puerta de mi suite se abrió de forma discreta para dar paso a Licenciado Morales, mi abogado de confianza desde hacía más de ocho años. Llevaba bajo el brazo una carpeta de cuero oscuro que contenía la estrategia legal meticulosamente preparada durante la madrugada anterior en la Ciudad de México. Morales se sentó frente a mí en la mesa de la terraza, desplegando los documentos sobre la madera pulida mientras el sonido de las
El precio del desprecio